El dulce amargo de la rebelión

28 02 2013

Los caficultores han puesto en jaque a las autoridades

Por Susadny González Rodríguez

Algo está pasando en Colombia. El pueblo se espabila y el eco de sus retumbos parecen no alcanzar los oídos del del presidente Juan Manuel Santos, renuente a debatir -en la mesa de negociaciones- el modelo económico vigente. Sin embargo, la discusión emerge cual raíz nutrida por el fuero militar y la violenta acumulación de la tierra, quizás porque, como afirma Horacio Duque,  la lucha de clases demanda transformación profunda mediante la construcción cotidiana de alternativas, de resistencias, de nuevos horizontes políticos.

Los caficultores han puesto en jaque a las autoridades, y recrudecido -si fuera esto posible- la crisis del sector, arrastrando al país -puntero en la exportación de café- a una de las peores caídas de su historia. Sucede que para los trabajadores del grano y otros gremios del campo, que sostienen también las banderas de la protesta, la “revolución agraria” santista es un fiasco. Realidad que se coteja en los diálogos de paz iniciados en noviembre último.

Para las FARC, la razón de los motines se fundamenta en la desprotección impuesta a los obreros en un contexto internacional de precios desfavorables, que ha derivado en el progresivo deterioro de sus ingresos. Ilustremos: los costos de producción están en el orden de los 700 mil pesos (unos 388 dólares), mientras la carga se comercializa a 515 mil, (285 dólares). El país sudamericano tiene 930 mil hectáreas de este cultivo, que ha perdido protagonismo en la economía, y del que dependen unas 560 mil familias.

Detrás del cautivante aroma que desprende la bebida subyace el sabor de la miseria impuesta por la apertura neoliberal y los Tratados de Libre Comercio frente a los cuales nació, en febrero de 2012, el Movimiento Nacional por la Defensa y la Dignidad Cafetera. En su corta vida sus afiliados ya intentaron multitudinarias movilizaciones, que no hicieron mella sino hasta el reciente paro cívico – tildado por Santos de “inoportuno, injusto e inconveniente-, donde  la administración apostó por una feroz represión para descongestionar las principales arterias de los 16 departamentos tomados. Mientras el Ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, justificaba el castigo, aludiendo a la supuesta infiltración de las FARC, el pueblo lo juzgaba “responsable de este desastre social”.

   Los ocupantes de la Casa Nariño convirtieron los disturbios en un problema militar, de seguridad interna, cuando más saludable hubiera sido atender las propuestas enunciadas por la guerrilla desde la actual mesa de negociaciones, a fin de garantizar la soberanía alimentaria y el buen vivir.

Enemigos de la paz

Como si no bastara con el jaleo desatado, el mandatario acusó a los insurgentes de apoderarse de “enormes extensiones de predios, tanto del Estado como de campesinos”. La respuesta brotó rauda. “¿Así es como el gobierno nacional aporta su cuota a la reconciliación?”, cuestionaba en una carta el comandante Timochenko. Además de una comisión de alto nivel que informe sobre el despojo de tierras, las FARC solicitaron un censo para dilucidar quién posee en realidad la mayor concentración de la tierra en la nación sudamericana.

 Incluso, para ciertos observadores el desempeño político del gobernante confirma los recelos de quienes lo definen como enemigo agazapado de la paz. De acuerdo con la encuestadora Gallup, su imagen favorable bajó del 53 al 44, entre otras causas, por “el manejo que se le está dando al problema con la guerrilla”. Ante el panorama, los rebeldes fueron rotundos en la esperanza de que al gobierno “no se le ocurra patear la mesa”, desfigurando la verdad.

Más allá del puntual entrecruzar de aceros, convengamos en que la majestad de este anhelo nacional reclama del pueblo un ímpetu semejante al de los hombres de la tierra, llamados a convertir su utopía en paz con justicia social.

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