Voluntad más que discrepancias

24 06 2013
el acápite de la participación política que ahora ocupa a las partes desencadena visiones antagónicas de una realidad compleja.

El acápite de la participación política que ahora ocupa a las partes desencadena visiones antagónicas de una realidad compleja.

Por Susadny González Rodríguez

El consenso entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia respecto a la necesidad de una reforma rural integral abrió la puerta de oro para continuar el debate de otros cinco puntos con vistas a pactar el silencio de los fusiles. Si bien el primero constituye la nuez del conflicto que desangra a Colombia hace 50 años, el acápite de la participación política que ahora ocupa a las partes se esboza como uno de los más complejos, pues entronca con temas todavía por abordar, y desencadena visiones antagónicas de una realidad compleja.

   Oportuno es recordar que la mesa de negociaciones arranca con cerca de 400 propuestas presentadas por organizaciones sociales en el Foro de Participación Política. Sugerencias que patentizan la capacidad analítica y creativa de un pueblo que imagina su modelo de democracia participativa y una sociedad orientada al desmontaje de las “locomotoras neoliberales del despojo”.

   En lo adelante, todo indica que el péndulo electoral regirá, cual cronómetro, el avance de unas pláticas que, establecidas ya las reglas y metodologías, deben tender a la celeridad. En la visión de las FARC, la premura pretendida en pos de un posible acuerdo final contribuye a “maltratar, marchitar o aniquilar para siempre las esperanzas de reconciliación”. En su orden de prioridad resulta vital “anteponer el interés colectivo de la paz a cualquier otra circunstancia que enrarezca el fin que nos ha convocado en La Habana”. Sin embargo, su propuesta de aplazar los comicios por un año “sin reelección presidencial” rebotó una vez más contra la rotunda negativa espetada por el propio presidente Santos.

   Tras el “no” al debate nacional por la postergación de las elecciones, las discusiones se encauzan por el camino que conduzca a la guerrilla a convertirse en un movimiento político. Eso por un lado; del otro persiste la vehemente solicitud de una nueva Constituyente que reforme la “maltrecha y andrajosa” Constitución de 1991.

   Insertar a la insurgencia en la democracia como una fuerza política sin armas “con el pleno ejercicio de sus derechos, pero también de sus deberes” deviene voluntad del Ejecutivo, de acuerdo con las palabras del jefe de esa delegación, Humberto de la Calle. Si bien la FARC parece abocada hacia la participación de las fuerzas populares a partir de un cambio radical en las estructuras hoy dominadas por oligarcas corruptos.

   El grupo revolucionario gestiona “hacer política sin temor a ser asesinados en Colombia”. Tal suspicacia encuentra pábulo en una masacre que pesa demasiado sobre la memoria colectiva. En la década del 80 la Unión Patriótica, fuerza democrática de izquierda, vivió su cenit político hasta que la administración de Belisario Betancourt dispuso de las vidas de casi tres mil miembros salidos del seno de las FARC. Convengamos con el analista colombiano Jairo Libreros en que “cambiar las armas por la ideas” como propone De la Calle depende de la legitimidad que ofrezca la Carta Magna.

La Constituyente de la discordia

“¿Por qué tenerle miedo a la opinión del pueblo, a la verdadera democracia? El ejercicio del poder constituyente es, sin duda, genuina expresión de la afirmación de que la soberanía reside exclusivamente en el pueblo”, comentó el Comandante Iván Márquez en una misiva publicada en la revista Semana en respuesta a una opinión del exvicepresidente. Y agregó: Es más que un escenario de refrendación; es el espacio que define la paz, está llamada a discutir sobre el eventual acuerdo en La Habana y a superar las salvedades y disensos que van quedando en el congelador. Un efusivo “no va” fue la respuesta gubernamental para sepultar ese interés. La Casa de Nariño considera que tampoco es este “el mecanismo óptimo, ni el más práctico”.

   La sola negociación del conflicto armado no aliviará la miseria y la violencia. Una vez más tocará desde la mesa cerrar brechas camino a la refundación, sustentada en otras tentativas infructuosas donde el histórico acuerdo recientemente suscrito, a no dudarlo, sirve de acicate. El desafío continúa.

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