La filosofía del optimismo

3 09 2013
La lucha popular adquiere un carácter telúrico

Un hervidero en las calles, tras más de 15 días de paro

Por Susadny González Rodríguez

Cual Pangloss –aquel personaje creado por Voltaire- empecinado en propugnar una visión optimista de la realidad que los hechos refutan, el presidente de Colombia,  Juan Manuel Santos, no solo se resiste a ceder en materia de democratización o modelo económico, sino que ignora, minimiza, reprime un conflicto social, mucho más extendido y subterráneo, atribuyendo el Paro Nacional Agrario, que coloca al Ejecutivo en una crisis de gran envergadura, a artimañas de la oposición interesada en sembrar el caos.

Aturdido por el clamor telúrico de los campesinos, el gobierno de Bogotá debiera asumirlo: las revueltas del Catatumbo han sacudido el adormecido movimiento sindical de tal forma que, convengamos con un analista, “la lucha de clases está adquiriendo una dinámica y comienza a superar los vicios caudillistas y burocráticos de algunos sectores sociales”. Ciertamente, el paisaje político cataliza esa relación “viva y dialéctica” que revela un crescendo en la conciencia de protesta -desatada en 2008- contra el neoliberalismo rentista-dependiente.

Todo a pesar de los instrumentos “legales” consentidos por la Casa de Nariño para criminalizar las huelgas, en su apremio por fortalecer la represión mediante el Fuero Militar -garantiza la impunidad de los 50 mil soldados esparcidos en las calles- y la eufemística Ley de Seguridad Ciudadana. Mientras, retumba la amenaza de involucrar (aún más) al Ejército.

Asida a la filosofía panglossiana, la oligarquía dominante se empeña en configurar una realidad a la medida de los grandes medios, que opacan con sus arnegas desatinadas la legítima rebelión. Incluso, advertía un observador, infiltran provocadores en las concentraciones y han activado bandas de microtráfico para sembrar el terror mediante el vandalismo. O sea que aunque todo es intolerancia, violencia e iniquidad, como en la novela Cándido o el Optimismo (1759), “vivimos en el mejor de los mundos posibles”.

Secuelas de un Tratado

El origen del hartazgo parece anidar en los efectos que sobre la economía agraria provoca el Tratado de Libre Comercio (TLC), firmado el pasado año con EE. UU, como corolario de los esfuerzos emprendidos por administraciones anteriores. Si algo hay que agradecer a los insubordinados es el desentrañar la desmedida privatización que este supone en todos los sectores de la economía y la sociedad colombiana, de ahí la crisis cafetera, lechera, avícola, panelera, etc.

Con razón el escritor Garry Leech refiere que Colombia “ha llegado a ser durante la última década el caso emblemático de América Latina y su crecimiento económico se ha debido a la explotación de los recursos naturales del país, sobre todo del petróleo, el carbón y el oro por parte de compañías extranjeras”. El convenio patenta la entrega de grandes extensiones de terreno a las transnacionales foráneas, con la consecuente baja de las producciones nacionales. Así el país está impelido a importar grandes cantidades de carne, pollo, leche, cebolla, café, arroz, maíz.

A no dudarlo, una de las más vívidas lecciones ventiladas por estos días es la certeza unánime de que la cúpula en el poder y la plutocracia terrateniente no parecen dispuestas a negociar políticas estructurales enquistadas desde el mandato de Alfonso López Michelsen (1974-78) y profundizadas durante la “apertura económica” que permitió César Gaviria. “Mucho ojo con cerrar la economía”, gruñía Álvaro Uribe.

   La estrategia gubernamental ha sido aprovechar la falta de centralización del movimiento, de ahí el desafío de la convergencia que impulse a superar las demandas locales, para contrarrestar las divisiones a las que apeló Santos cuando eludió sentarse a dialogar con una parte de los implicados.

La tarea del momento es diseñar una plataforma de lucha que unifique a las mayorías, quizás al estilo de aquellos movimientos indígenas de Bolivia y Ecuador que promovieron gabinetes post neoliberales. Eso, o atenerse a las retóricas electoreras de los optimistas a ultranza, los panglossianos, que cada cuatro años ahondan en la miseria, desde su “mejor de los mundos posibles”.

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