Hilos conductores de una villa

24 06 2015

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La apodada octava villa de Cuba cumple medio siglo, y en su cumpleaños me permito invocar una distinción que ostentan los remedianos: la única plaza del país con dos iglesias, una de ellas, la majestuosa Parroquial Mayor. Lamentablemente la caprichosa negativa de algunos directivos a publicar este trabajo en la prensa cubana, lo condenó hace un tiempo a mis archivos. Qué mejor ocasión que los 500 para desenfundarlo. Sirva como agradecimiento tardío al tesorero de la historia que encierra ese templo, Esteban Granda.

 

 

Por Susadny González Rodríguez

Fotos: Martha Vecino

Por sus atributos constructivos los inmuebles religiosos despuntan dentro del vasto patrimonio arquitectónico nacional. Algunos constituyen el legado de los conquistadores, otros se deben al fervor de las creencias populares, todos atesoran un fragmento de nuestra cultura e identidad.

Habida cuenta la cantidad de ellas, Camagüey resulta por antonomasia la “ciudad de las iglesias”, condición que influyó en la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad. Mundialmente conocidas son La Catedral de La Habana, con su acusado barroquismo, o la Iglesia Mayor de la Santísima Trinidad, en Sancti Spíritus. El Cobre, dedicado a la Virgen de la Caridad, probablemente sea el más afamado de los santuarios cubanos. Según la tradición, la imagen que lo preside fue encontrada por tres pescadores en la Bahía de Nipe, en 1612. Desde esa fecha funge como Patrona de Cuba.

La historia nos remite a un caso similar en el centro de la geografía antillana. Pudieran los remedianos cobijar a la Patrona, en este caso bajo la advocación de Virgen del Buen Viaje. Mas compensan semejante privación con el lujo de ostentar la única plaza del país con dos templos católicos dentro del espléndido conjunto urbanístico que conforma su centro histórico -Monumento Nacional desde 1980-. En los 559.6 kilómetros cuadrados del municipio se levantaron cuatro ermitas. La de San Salvador y la del Santo Cristo de los Remedios ambas demolidas, mientras en armónica vecindad desairan a Cronos la de Nuestra Señora del Buen Viaje y la Parroquial Mayor de San Juan Bautista.

Su trono en medio de la Isla

La mayoría de las construcciones sólidas tuvieron su origen aquí hacia el siglo XVIII, en una arquitectura eminentemente doméstica. Sin embargo, la del Buen Viaje no nació por vanidad de la sacarocracia. Su coexistencia con la ya fundada Parroquial se remonta a la primera leyenda de la urbe.

Fruto de la oralidad y de la faena compiladora de Facundo Oramas -con su libro Cosas de Remedios-, ha trascendido la aparición, en 1600, de una virgen india en la bahía del Tesico, puerto de entonces. El suceso involucró a varios pescadores que, tras el naufragio, distinguieron una caja encallada en el manglar. Ante el milagro de la supervivencia uno de ellos exclamó: “Buen viaje hemos hecho”, expresión que marcó la denominación de la imagen. Avanzada la noche, los marineros llegaron con su “carga” hasta la choza de un negro paralítico, que se deshizo en ofrendas y bendiciones, sin dar cuenta a las autoridades civiles ni religiosas.

La Parroquial, testigo incólume de la villa.

La Parroquial, testigo incólume de la villa.

Cuenta el imaginario popular que cuantas veces la figura de madera se trasladaba a la Parroquial Mayor volvía a los predios del lucumí. Legó el hombre aquel terreno a la reverenciada, y en 1798 se comenzó a erigir la capilla donde reinaría. Se concluyó 20 años después, y en 1823 se elevó al rango de parroquia, que tuvo hasta 1899. Uno de los tantos incendios, el de 1862, que ha soportado Remedios, redujo el lugar a cenizas. En sustitución de la estampa original se encargó una réplica a Barcelona, la cual, relató el devoto historiador de la Parroquial, Esteban Granda, “ya no muestra aquel rostro indio y cabeza erguida. La actual luce más española, y mira hacia abajo, como apiadándose de nosotros”. Desde el 2000 descansa en la iglesia principal, debido a la menguada situación constructiva del edificio vuelto a levantar, que permanece cerrado.

Doce años antes del hallazgo de la Virgen de la Caridad, “los remedianos incurrieron en el egoísmo de guardarse para sí la primera manifestación de la Virgen María, para asentar el trono de la suya en medio de la Isla”. No pocos reparan en un llamativo hecho: mucho antes de que se advirtiera un proceso de nacionalidad, la imagen lucía en su atuendo los colores patrios: vestido rojo, manto azul y las enaguas blancas. Curioso resulta que todavía el mote de Buen Viaje se registra en las actas de bautismo. Huelga decirlo: ha inspirado a los artistas aficionados del patio, que en sus pasiones parranderas le rindieron culto en la iluminada estructura de un trabajo de plaza donde la venerada sobresalía a más de 90 pies de altura.

La primigenia

Misticismos aparte, nadie le discute la primacía absoluta a la joya preciada de los habitantes de esta tierra. Cientos de personas, creyentes o no, atraviesan a diario los anchurosos portones -dos laterales y tres frontales- que la resguardan para caer seducidos ante la suntuosidad de un templo sin parigual en el archipiélago, declarado Monumento Nacional en 1949.

La fundación de la Parroquial Mayor se le debe a la visita, en 1544, del obispo Diego Sarmiento. Aprovechándose de la hospitalidad del fundador del territorio, Vasco Porcallo de Figueroa, este comunicó su interés de levantar un hospital y una iglesia cuya construcción, se estima, demoró unos cinco años (1545-1550). Y ya en 1690 -rememoró Granda, en alarde de lucidez a sus más de 9o años- poseía tres naves. Para 1752 le añaden el presbiterio, gracias a las contribuciones del sacerdote Don Juan de Loyola, que descansa dentro, junto a otras 16 personalidades, incluido el célebre agrimensor Francisco Javier Balmeseda.

Con los siglos habría de soportar un sinfín de restauraciones, algunas no tan felices, pues cada sucesión eclesiástica suponía cambios radicales en su estructura. En 1905 clausuraron sus puertas laterales. Haciendo caso omiso al credo que considera privilegiadas las iglesias de tres portones en la fachada, apenas quedó uno abierto. Se añadió además un óculo con cristales de muy mal gusto. En 1908 el sucesor prefirió las columnas octagonales, con la consecuente variación de los arcos, y cambió el piso por una ensalada de mosaicos. Como colofón, dos años después le imprimieron una apariencia más cercana a una barbería, al colocar un cielo raso.

El altar mayor, tallado a mano en madera de cedro y revestido de láminas de oro de 22 quilates.

El altar mayor, tallado a mano en madera de cedro y revestido de láminas de oro de 22 quilates.

La llegada del acaudalado filántropo Eutimio Falla Bonet zanjó tanta remodelación. El afán por completar su árbol genealógico lo guió hasta la parroquia. En su recorrido percibió el pésimo estado del altar de la Virgen de los Dolores, y condolido por el recuerdo de su madre, del mismo nombre, asumió la reparación.

Su deseo de restaurar un oratorio colonial, al que lamentó le quitaran el sabor antiguo, le hizo invertir más de un millón de pesos al valor de la época. Corolario de una década de labores, el techo policromado recuperó su aspecto, luego de los destrozos causados en 1885 por un párroco que ordenó pintarlo de cal. Por supuesto, se imponía un altar barroco-rococó, igual al que podemos disfrutar hoy, tallado a mano en madera de cedro y revestido de láminas de oro de 22 quilates -comprado a una casa belga que operaba en La Habana-, como los ocho restantes repartidos por el templete. Para devolverle el ambiente añejo, mancharon de óxido todo el bajorrelieve de las columnas, también recubiertas con el metal precioso, y las losas del suelo se colocaron con la superficie hacia abajo.

Mediante imágenes religiosas, en él se representan el nombre de la basílica, regida por el santo patrón del pueblo: San Juan Bautista. Debajo, al centro, la Virgen María -sentada en una silla con un niño en brazos-, que sería adorada con el título de Nuestra Señora de Remedios. Casi toda la imaginería fue donada por Falla Bonet. En ella descuella lo que sin dudas deviene otra exclusividad de la Parroquial Mayor: la Virgen María Inmaculada. Fabricada en Sevilla, en el siglo XVIII, tiene récord de adeptos, pues es la única en el mundo que lleva un hijo en su vientre.

La Virgen María Inmaculada, tiene récord de adeptos, pues es la única en el mundo que lleva un hijo en su vientre.

La Virgen María Inmaculada, tiene récord de adeptos, pues es la única en el mundo que lleva un hijo en su vientre.

Se le reconoce a la primigenia -entre las más antiguas de la Isla- el haber acogido la misa que en 1820 dio paso a la festividad más vetusta de la nación: las parrandas. Cada 24 de diciembre, al tañido de sus campanas se desata un estrepitoso espectáculo de pirotecnia entre dos barrios, simbolizados por la Virgen del Carmen y el franciscano San Salvador; ambos aguardan expuestos en uno de los altares. Asimismo, cobija hace más de 135 años otra costumbre raigal. Las Flores de Mayo -Premio Memoria Viva- suponen una auténtica fiesta donde los niños agasajan durante ese mes a la virgen, hasta coronarla.

Razones sobran para considerarla libro de piedra e hilo conductor de la villa. Incólume, ha sobrevivido a embestidas de corsarios y piratas, y en más de una ocasión vio resurgir de las cenizas a un caserío que pareciera maldecido por las llamas. En 1939 un temblor perceptible sacudió la zona y le provocó un desnivel de siete centímetros. Raudos, los expertos se movilizaron para corregir el daño y garantizarle milenaria existencia. No en balde redunda Esteban -que se  acogió a su quietud durante más de 85 años- lo que un viejo adagio pregona: “cuando todo el pueblo de Remedios esté en el suelo, se caerá la iglesia”.

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